René Descartes:
Biografía: Nace el 31 de Marzo de 1596 en “La Haye en Touraine”. Fue el tercer hijo de Joachim Descartes y de Jean Brochard. La madre muere un año después de su nacimiento durante el parto de un hermano suyo que tampoco logró sobrevivir. Tras este suceso, él y sus dos hermanos fueron educados por su abuela debido a que su papá (consejero del Parlamento de Bretaña) se ausentaba cada dos años por periodos bastante prolongados y finalmente los abandonó al casarse con una doncella de Inglaterra.
Se educó en “La Flèche” , donde los cinco primeros años adquirió una sólida introducción a la cultura clásica, aprendiendo a manejar los idiomas latín y griego leyendo textos de autores como Cicerón, Horacio y Virgilio por un lado, y Homero, Píndaro y Platón por el otro. Aprendía biología y física a partir de escritos de Aristóteles con comentarios de religiosos jesuitas. A los 18 años de edad ingresó a la Universidad de Poitiers para estudiar Derecho y un poco de medicina. Debido a su alto desempeño académico y al afecto que le tenían algunos maestros le fue permitido visitar los laboratorios del campus con gran facilidad y frecuencia.
Allí conoce, en 1619, a Isaac Beeckman, quien intentaba desarrollar una teoría física muy basada en conceptos matemáticos. Este contacto con este personaje estimulo en gran medida el interés de Descartes por la ciencia, en especial las matemáticas y la física, lo que lo llevó a descubrir el “teorema de Euler”. En 1629, luego de una larga estancia en París, se dirige a los Países Bajos para dedicarse completamente al estudio, donde llevó una vida modesta y tranquila aunque cambiaba de hogar constantemente para mantener oculto su paradero. Allí enunció las leyes de refracción y reflexión de la luz y fundó la geometría analítica.
Fallece en Estocolmo a los 53 años de edad a causa de una neumonía el 11 de febrero de 1650.

Aunque se conservan algunos apuntes de su juventud, su primera obra fue “Reglas para la dirección del espíritu” escrita en 1628 y publicada póstumamente en 1701. Posteriormente escribe “La Luz o Tratado del Mundo y El hombre”, que retiró de la imprenta cuando se enteró de la condena de la inquisición contra Galileo en 1633. En 1637 publica “Discurso del método para dirigir bien la razón y hallar la verdad en las ciencias” seguido de tres ensayos científicos: “Dióptrica”, “La Geometría” y “Los Meteoros”. En 1641 publica las “meditaciones Metafísicas”. En 1647 expone los “Principios Filosóficos”. Ya en 1649 publica un último tratado titulado “Las Pasiones del Alma”.
Núcleo filosófico

La filosofía que precedió a descartes, fue una filosofía escolástica según la cual todo pensamiento debía someterse al principio de autoridad, es decir, que sería considerado como cierto todo aquello que estuviera debidamente respaldado por los textos sagrados y los documentos que la tradición cristiana avalara como fuentes verídicas.
Ante este panorama, descartes emprende la búsqueda de otro método distinto al escolástico, uno que le permitiese producir ideas que no fueran dependientes de postulados autoritarios.

Sin embargo, la inquietud por un método de conocimiento que fuese más puro y científico, ya venia dándose desde Francis Bacon y Galileo Galilei. El Filosofo ingles Bacon, sostenía que el científico debía ser ante todo un escéptico, y por tanto el método según el cual procediera debía eliminar cualquier noción preconcebida del mundo. De igual forma el científico italiano Galileo, inclinado por el método demostrativo de Euclides y despreciando los métodos escolásticos, se decide a seguir su camino de ciencia a través de un proceso de constantes observaciones y constataciones, más allá de la creencia en pre-supuestos.
Así mismo, el humanismo que irrumpe en Europa, con el fin de poner al hombre en el centro de toda reflexión y de recuperar los saberes clásicos, tiene gran incidencia en el pensamiento cartesiano, puesto que en dicha época, gracias a pensadores como Pico della Mirandola y Giordano Bruno se sitúa el debate por el “nuevo que hacer de la filosofía”.

De esta manera Descartes se encuentra en el clímax de la convulsión del pensamiento medieval ante las ideas renacentista y neoplatónicas. En medio de dicho ambiente, se abre el debate sobre el “escepticismo” liderado por el pensador francés Michel Eyquem de Montaigne, según el cual no tiene sentido volver a decir peor lo que otro ha dicho primero mejor, es decir, este autor manifiesta lo que se conoce como el “escepticismo generalizado”. Ante esta propuesta que critica la capacidad de investigación de la escolástica, Descartes reacciona en contra, siendo esto en parte muestra de su inevitable arraigo a la formación jesuita. Es de esta forma como nuestro autor emprende la búsqueda de la verdad, de la certeza.

La filosofía cartesiana se centra en la pregunta por el saber, la ciencia y la razón, teniendo como línea transversal, la búsqueda de un método científico. Su búsqueda parte entonces de una concepción unitaria de la razón, ya que la razón ha de ser una y la misma para poder distinguir entre lo verdadero y lo falso, lo conveniente y lo inconveniente, siendo de esta manera aplicable al conocimiento teórico de la verdad y al ordenamiento práctico de la conducta. Así pues si la razón es única, de esto se deriva que el saber también lo sea, y siguiendo este hilo de ideas se puede afirma en Descartes que: “Todas las diversas ciencias no son otra cosa que la sabiduría humana, la cual permanece una e idéntica, aun cuando se aplique a objetos diversos, y no recibe de ellos más distinción que la que recibe la luz del sol de los diversos objetos que iluminan.”

Si nuestra razón y saber son únicos, ahora debemos preguntarnos por el conocimiento y su estructura. En este sentido, Descartes distingue dos modos de conocimiento: la intuición y la deducción. La intuición es aquella forma por la cual captamos conceptos simples, o bien en palabra del autor: “Un concepto de la mente pura y atenta, tan fácil y distinto que no queda duda ninguna sobre lo que pensamos; es decir, un concepto no dudoso de la mente pura y atenta que nace de la sola luz de la razón, y es más cierto que la deducción misma”. Por otro lado la deducción no es más que una sucesión de intuiciones de naturalezas simples de las conexiones entre ellas.

Así pues, la base del conocimiento esta en la capacidad de reconocer las ideas claras y distintas que nos son propias al existir. Pero, una vez se ha hecho tal reconocimiento, se hace necesario proseguir un método que asegure la correcta asociación de ideas.
Dicho método debe partir, como ya se dijo, de una verdad reconocible por intuición a la luz de la razón, y para llegar a tal verdad básica, se hace necesaria la aplicación de su famosa “duda metódica”.

La duda metódica debe llevar a la radicalidad del pensamiento, es decir, que lo que se esté considerando a través de la razón sea verdaderamente inmune a toda duda. En esa lógica es que se llega a su premisa “Cogito ergo sum” (pienso luego existo), puesto que si estoy pensando en aquello de lo cual no se pueda dudar, la única certeza que tengo es que estoy pensando, hay un ser que hace la acción de pensar y ese ser soy yo. Esta verdad, no es solo la primera verdad sino, la verdad fundamental ya que esto se percibe con toda claridad y distinción, como lo afirma Descartes “en este primer conocimiento no existe si no una percepción clara y distinta de lo que afirmo; lo cual no sería suficiente para asegurarme de la certeza de una cosa, si fuera posible que lo que percibo clara y distintamente sea falso. Por tanto, me parece que puedo establecer como regla general que todo lo que percibo clara y distintamente es verdadero.”

Por último, y en concordancia con los anteriores planteamientos sobre el pensamiento, procederemos a considerar el otro punto fundamental en la reflexión sobre la ciencia y la razón: las ideas.
Descartes distingue tres tipos de ideas: unas que parecen viene de fuera, de la percepción sensorial (las cuales no me sirven de punto de partida puesto que mis sentidos son engañosos), otras que él denomina “ideas de las sirenas” pues si junto la idea de mujer y la idea de pez, se forma la de sirena, y por último, Descartes evalúa las “ideas especiales” que no pueden venir de fuera, que no me las he podido inventar, porque son superiores a mí mismo y a mi ser. Está en mí desde siempre. Si tengo la idea de infinito, la causa de la idea de infinito tiene que ser infinita. Tenemos un segundo ser (el primero es el ser pensante), el ser que es la causa de mi idea de infinito, el Ser infinito (Dios).

Una vez expuestas a grosso modo las ideas Cartesianas, podremos decir que sin duda fueron un gran aporte a la nueva forma de hacer filosofía que se origino en el renacimiento, es más, sus planteamientos sirvieron como base fundamental para el desarrollo de las ciencias modernas, puesto que la rigurosidad y claridad procedimental que denota su pensamiento, permitieron hacer de las matemáticas un ejemplo de virtuosa estructuración mental.
Sin embargo, el factor racional con que este describe la realidad del conocimiento, deja a un lado la complejidad del ser humano, complejidad que nos vendrían a ilustrar posteriormente los psicoanalistas y los pensadores existencialista.

La forma estructural de entender la razón, sirve como base fundamental para el conocimiento del mundo natural, para el establecimiento de leyes y la postulación de premisas fuertes, sin embargo, esa restricción que se le hace al pensamiento, la de ser “único y distinto” origina en gran medida, un sentimiento de plenitud y superioridad racional que puede desembocar en una subvaloración de los matices emocionales del ser humano, subvaloración que a su vez repercute en la instrumentalización del hombre. De lo anterior, puede decirse que se deriva, por ejemplo, los horrores de las guerras mundiales, situaciones en las cuales prima la estrategia y la rigurosidad del procedimiento, lejos de las consideraciones de factores humanos, personales y emocionales del sujeto como miembro de una sociedad.

Es decir, que si bien el método cartesiano parte de una verdad tan clara y distinta como lo es “mi propia existencia”, éste dejo de lado el imperativo de “el otro también existe” y todo pensamiento racional debería ir por ende en dirección al pensamiento del otro.




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